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La mujer del camionero

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soledad camionero

Descargó en París y ahora espera a que le carguen de nuevo el camión para regresar a Galicia. Su vida es un continuo esperar entre premuras; come solo, duerme solo, bebe solo; sin cumpleaños de las hijas que poder celebrar, sin hogar, sin amigos, sin caricias.

Julio Dorado  Julio Dorado

La ternura no asusta a los fuertes, piensa. Echa de menos a la parienta más que otras veces: Ya de regreso le compra una postal en el área de servicio: “Toutes les caresses sont permises, la tendresse c’est merveilleux” (todas las caricias están permitidas, la ternura es maravillosa). No sabe francés, pero el verbo “avoir” le incordia a la altura de las ingles. Son muchos días ya fuera de casa.

Son muchos años “troulando” de un lado para otro, millones de kilómetros, miles de frenazos, cientos de lumbagos y jaquecas. En esta profesión el índice de siniestralidad es tremebundo.

¿Cuántas “kellys”, se pregunta, o cuántas amas de casa se matan en accidente laboral? Antes los camioneros aún se tenían unos a otros, pero ahora cada quien anda a su propia subsistencia: húngaros, polacos, portugueses, bielorrusos; refugiados en las áreas de servicio hablan por el traductor del Google, y hablan todos de lo mismo: de regresar a su hogar, de jubilarse.

 Este un trabajo solo para hombres, piensa, porque ni el mismo dios lo resistiría. Empresas, clientes, policías le siguen el rastro, le hostigan, le expolian: el tacógrafo, la carga máxima, los neumáticos, los cursos de mercancías peligrosas, el deterioro de las perecederas: flores, frutas, pescado fresco… A veces piensa que si se pararan los camioneros, Europa se iría a tomar por culo.

Y también piensa: “tengo que decir menos groserías”. De las cualidades de todos los hombres del mundo, su esposa le ha dicho que lo que más le gusta es la galantería francesa; por eso le compra también un CD: “ne me quittes pas” (no me dejes), una canción que le deja renqueante, como el camión en las subidas. De nuevo piensa en Maruxa, ese artilugio tan polivalente que siempre está en casa, y que sonríe cuando le ve entrar por la puerta.

Ya ha pasado Irún. Ahora deberá estar “ollo co can” con la  Ertzaina, y a partir de Miranda de Ebro, apostados en las esquinas como salteadores de caminos, con los picoletos. Está cansado.

Quizás si su mujer lo acompañara… Pero ella no está por la labor, dice que es muy aburrido, dice que tiene que cuidar a las niñas, “las ninis”, ya que no pueden valerse por sí solas. Él se imagina enseñándole la Torre Eiffel, el palacio de Westminster, el Coliseo romano… Pero Maruxa prefiere ver la vida a través de Sálvame de Luxe.

Por fin llega a casa. No hay nadie. Siente un pálpito extraño. Sobre la mesa unos cuantos slogans le incriminan: “Hoy no cuido”, “Hoy no cocino”, “Si nosotras paramos, se para el mundo”.

Esto sucedió el 8-M. Ellas estaban en la huelga a favor de la igualdad laboral entre hombres y mujeres. Él se sintió muy orgulloso. Jamás se imaginó que su mujer y sus dos hijas quisieran ser camioneras.

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